Bichi, perdon por lo k pasó la otra semna. K t parece si nos vemos mañana en el lugar de siempre a las (...)


Cabito se acomodó algo en la cintura. Subió las escaleras de la estación José Leon Suárez de una manera mecánica. Se esforzó para coordinar un paso luego del otro. Por subir…subir los pocos escalones, se detuvo antes de llegar al andén. Algo lo inquietaba. Una lata de gaseosa multicolor se freía en el piso. Se sobresaltó con el ronquido de un animal gigante en una caverna, era el tren. El anciano monstruo de metal llegaba lentamente. No era un tren. Era ventanas, fierros, ruedas, caras de personas, olores a rancio, chirridos que se amalgamaban espontáneamente, pero que coexistían de milagro. Todo se puso negro por un instante, pero Cabito sabía que acabaría. El paco era su major amigo. Previsible. Sabía que el brazo le dolería nuevamente en unos minutos. Con sus doce años, le era relativamente fácil moverse entre la muchedumbre de la masa trabajadora que inhalaba y exhalaba frenéticamente dentro del tren cada mañana a esa hora.
El tren partió. Al principio se ubicó en el furgón. Se sentó en una de esas cajas de metal que hay en el suelo. Se sentía a salvo en medio de esa orgía de bicicletas colgantes. Esperaría unas estaciones más antes de hacerlo. Pensó que de todas maneras Héctor volvería a pegarle, le fuese como le fuese. Pero los diez pesos eran indispensables.
El tren se detuvo a intercambiar humanos un par de veces y por fin pensó que ya era hora. Se paró. Cruzó la puerta del vagón y entró en uno de pasajeros. Permiso, permiso, decía y se escabullía entre pantalones recién planchados y bolsos y maletines. Se paró contra la puerta del lado izquierdo, para poder escapar rápido. Una chica que parecia estudiante se paró cerca de él. Cabito la examinó. Tenía auriculares de los pequeños. Era un manos libres. Y seguramente el teléfono móvil estaría allí al final del cable, como un tesoro de arco iris. El tren se detuvo en Migueletes. La chica no bajaba. Era una buena oportunidad, pero de reojo le pareció ver algo que le erizó la piel. Un policía en el andén. “Alejate de los ratis”, le había dicho Héctor minutos atrás por enésima vez en la semana. El policía, estaba casi oculto detrás de la maraña de gente que subía y bajaba del tren, apoyado contra la baranda y con una sonrisa infantil mientras su pulgar derecho tejía palabras en el teléfono. El niño decidió esperar una estación más.
El tren se puso en marcha. Un golpe seco resonó en el vagón. Hubo algunos gritos. Cabito cayó al piso. No podia abrir los ojos por la sangre caliente que bañaba su cara. No entendía qué sucedía, le causaba risa. Sintió el piso contra el cuerpo. Sintió que le faltaba el aire. Estaba casi cómodo allí tirado, entre una multitud de personas que lo miraban horrorizados. Miró a su lado. Había un cascote y vidrios. Alguien había lanzado una piedra. Se tocó la cintura, el revólver no estaba. Una mujer gritó que había un arma y se produjo un revoltijo de gritos y cuerpos en el vagón. El tren continuaba el movimiento. Alejándose de la estación poco a poco. Un hombre pateó el revólver debajo de un asiento y luego pateó la cabeza de Cabito. ¡Un chorro!, gritaba la misma mujer, ¡y está armado! Varios jóvenes se acercaron a sujetarlo. Cabito intentó zafarse, pero un puño golpeó con fuerza su estómago. Se dobló de dolor. No podia respirar. Se sintió solo. Muy solo. Alguien lo sujetaba del pelo con violencia. El tren se alejaba y Cabito pensó en gritar, en llamar la atención del policía. Pero otro golpe lo zacudió y arrojó contra la ventana rota. Y comenzó a caer, desvaneciéndose hacia el piso. Por fin hacia el piso. Mirando por el hueco del vidrio estrellado. Viendo la figura del policía que se alejaba y aun no acababa con su mensaje de texto.

3 comentarios:

Anónimo dijo...
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Federico Berón dijo...
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Anónimo dijo...
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